Hoy, Domingo, XIX del Tiempo Ordinario, el Señor
consuela a los discípulos para que entiendan que son herederos del
Reino de Dios. Para eso tienen que sentirse queridos por Dios y no
apegarse a las cosas meramente humanas. Hay que saber ser auténticos
administradores que aspiran a las cosas de Dios mientras todo lo
demás llega por añadidura.
Esta es la clave del siervo bueno y fiel
que pide el Señor y que canta el Evangelio, alabándoles. Y en medio
de este contexto, hoy también celebramos a San Lorenzo. Nacido en
Jaca (Huesca), en el siglo III desde el principio quiere ir a Roma.
Su objetivo es cuidar desde la Ciudad Eterna a todos los más
desfavorecidos con un servicio directo al Pontífice.
Y lo consigue.
Una vez allí, el Papa Sixto II le nombra asistente espiritual de los
pobres. Pero en medio de su servicio a Dios y al prójimo, es
detenido con el Papa y otros cristianos. El diácono sufrió el
primero el martirio, a pesar de que le iban a matar el último. El
motivo fue que el Emperador Valeriano le mandó que le trajese todos
los tesoros de la Iglesia para requisarlos.
Tras varios días -tres
concretamente-, Lorenzo apareció con todos los pobres y más
desvalidos, asegurándole que esos eran los bienes de la Comunidad
Eclesial. Al tomarlo como un gesto de burla, el César ordenó que
fuese tostado en una parrilla, hasta morir.
Es de destacar su buen
sentido del humor hasta el punto de que cuando estaba en el suplicio
les digo a los que le quemaban: “Volvedme del otro lado porque de
este ya estoy asado”. Su vida se hizo célebre en toda la
cristiandad. Prueba de ello es que en el Medievo San Lorenzo fue Patrón de Roma,
junto con San Pedro y San Pablo.