muestra con claridad en el Evangelio que si “alguien se pone de su
parte ante los hombres, también Él se pondrá de su parte ante el
Padre del Cielo”. Hoy recordamos a San Sebastián. Su vida
transcurre en el siglo III y su entrega fue por confesar a Cristo y
ponerse de parte de Él. Su vida transcurre en el siglo III.
Entra en el Ejército Romano, para ayudar a
los cristianos perseguidos. Su cargo de Capitán Imperial, le hará
si cabe mayor defensor de la causa de Cristo. Eran momentos
convulsos, pero él no tenía ningún miedo al sentirse protegido por
el Señor.
Sin ningún problema, sigue dando testimonio, aun a riesgo
de ser reconocido. Pero no le importa. Descubierto y denunciado ante
el Emperador Maximino éste le pone en una disyuntiva: Si acepta
ofrecer un sacrificio a los ídolos será ascendido, mientras que si
persiste en su creencia será condenado a muerte.
Cuando él proclama
su Fe con toda claridad, es llevado a un árbol donde será
asaeteado. Hay un momento en el que le dan por muerto. Pero recogido
por unos cristianos y curado, poco después volverá a ser detenido.
El motivo es que, en lugar de huir, se siente llamado a defender la
Fe en el Señor Jesús. Y sin ningún miedo se presenta ante el
Emperador. Esta vez muere por culpa de los azotes que recibió. Es la
manera con que dió Gloria a Dios hasta llegar al Paraíso Eterno.
Pronto levantarían en Roma una Basílica dedicada a San Sebastián.