Nos encontramos en el Domingo XXVI del Tiempo Ordinario.
El encuentro de Cristo con los fariseos se traduce en una Parábola
que les delata por su afán de poder y dinero. Un hombre muy rico
banqueteaba espléndidamente cada día porque se lo podía permitir.
Pero se olvidaba del mendigo llamado Lázaro tumbado en su portal que
no recibía ni las migajas que caían de la mesa del rico. Cuando
muere el rico es enterrado y va al infierno, mientras Lázaro va al
Seno de Abraham recibiendo consuelo, mientras el rico es torturado
con los tormentos eternos.
La Justicia es que él recibió bienes en
vida y Lázaro males por eso ahora es al revés. Y si los hermanos
del rico tienen que cambiar tiene la Palabra de Dios predicada por
Moisés y los profetas. Y con sencillez hasta entregar la vida estuvo
San Wenceslao que conmemoramos hoy.
Nacido en el año 907 en Bohemia,
su Santidad de vida, se abrió paso en medio de un hogar donde el
padre estaba imbuido en la piedad y la Fe cristiana, mientras que su
madre, procedía de unas raíces profundamente paganas.
Su abuela
Lumidla, también hoy en los altares, quien había sido bautizada por
San Metodio y educó a su nieto en el cristianismo. Cuando muere el
padre, él es menor de edad y se hace cargo la madre que manda
asesinara su suegra por su Fe, al tiempo que prohíbe vivir
públicamente el cristianismo. Intenta también quitar en su hijo ese
amor de Dios pero será en vano.
Cuando muere ella, el hijo accede al
Ducado y restaura la libertad religiosa. En su
periodo de Gobierno, logró firmar la paz y la reconciliación con
algunos de sus contrincantes. Su hermano vio esto con malos ojos y
contrató a unos sicarios para matarlo. San Wenceslao muere mártir
el año 935 y es Patrono de Bohemia (la actual Checoslovaquia).