V Domingo del Tiempo Ordinario, seguimos escuchando el Sermón de la
Montaña. En esta ocasión el Señor nos recuerda que somos sal de la
tierra que no puede volverse sosa porque sino pierde su esencia.
De
la misma forma la luz del mundo que no puede ocultarse sino dar luz a
todos los hombres. Y luz del mundo fue en su día Santa Josefina
Bakhita, que celebramos también hoy. Natural de Sudán, en torno a
1869, procede de un hogar de familia numerosa.
Vendida como esclava,
le pusieron de sobrenombre Bakhita que significa “afortunada”.
Los diversos amos le maltrataron ocasionándole grandes sufrimientos.
Providencialmente es vendida a un italiano cristiano con otra forma
de vida.
Bakhita se hace su sirvienta en agradecimiento y cuando
retorna a Italia se marcha con él. En esa situación, aparecen en su
vida unas religiosas fundadas por la italiana Santa Magdalena de
Canossa dedicadas a los niños huérfanos y su educación. Allí
termina ella, sirviendo a Cristo en ese carisma. Incluso llegaría
ser Superiora del Convento. Santa Josefina Bakhita muere en el año
1947.
Es abogada en la lucha contra la trata. Ella dice que si
hubiese vuelto a encontrarse con sus captores les besaría las
plantas de los pies porque esa mala acción que hicieron con ella,
sirvió para que conociese a Dios y su Liberación.