Santos que han conocido a Dios han entregado todo por Él. Hoy
celebramos a Santa Juliana, que dio toda su sangre. Su vida
transcurre en el siglo III. Y su hogar no es una casa que favorezca
la Fe en el Señor Jesús. De hecho, es hija de padre perseguidor de
los cristianos, y madre indiferente a toda forma de religiosidad.
Ella se bautiza secretamente, haciendo un voto de consagración a
Cristo. Casualmente un joven senador quiere casarse con ella. Cuando
llega a casa, Juliana le pone al corriente de su condición
cristiana. De esto se entera el padre.
Y lo peor a los ojos del padre y del joven pretendiente es que ella quiere
que su prometido también se convierta al cristianismo y entonces
podrán casarse según la Ley de Dios. Pero el joven es un romano sin
escrúpulos.
Lo único que le importa es subir en el escalafón del
Imperio y advierte que si se hace cristiano perderá puestos, e
incluso morirá y eso no lo quiere. Y lo mismo pensaba el padre. Éste
último, montando en cólera, obligó a su hija para que dejara sus
creencias, lo cual fue en vano, porque se reafirmó en su Esposo,
Cristo.
Detrás estaba el pretendiente que influía en el padre para
que no consintiese lo que le pasaba a su hija. En un gesto de falsa
bondad el padre manda a su hija a la cárcel. Pero Santa Juliana sale
reforzada en su condición de cristiana por lo que decretan que muera
mártir, sentencia que se cumple en el año 308.