Pastoreo del Señor hace que le sigamos en cada uno de los momentos
de su Vida. Él va por delante para que nos sintamos protegidos. Hoy
celebramos a los Santos Nereo y Aquiles. Estos hombres vivieron la
Muerte del Señor y su Resurrección con el derramamiento de su propia sangre. Ambos eran militares como San Sebastián.
Su
objetivo consistía en servir los intereses del Imperio Romano, que
entonces regentaba Diocleciano. Y es que, según cuenta el Papa San
Dámaso, en los primeros momentos, aún no profesaban la Fe
cristiana. Pronto se decretará la persecución contra los seguidores
de Cristo.
Al ver la esperanza con que se enfrentaban a la
persecución los cristianos, se sienten atraídos, haciéndose
bautizar en el nombre del Señor Jesús. Indudablemente, la sangre de
mártires es semilla de nuevos cristianos, en palabras de Tertuliano.
Su conversión pronto se hace pública y son apresados por abrazar la
Religión prohibida por el Emperador y sus leyes. Al persistir en
adorar al Dios Único y Verdadero, son condenados a muerte, como se
prescribía para los que no diesen culto a los falsos dioses romanos. Las actas de su martirio, que llegaron hasta nosotros, datan del
siglo V, conservándose dos copias, una en latín y otra en griego.
Sobre sus tumbas se erigió una Basílica, que se halla en el
Cementerio de Domitila -que celebrábamos el pasado día 7-, junto a
la Vía Ardeatina, en el siglo IV. También el Papa León III les
dedicó otro Templo en el año 795, en el interior de la ciudad, en
la Vía Apia. Por su parte, San Dámaso pondrá en su tumba este
epitafio: “Nereo y Aquiles, mártires”.