El hombre de Dios, es totalmente diferente a las demás personas; se distingue en todo: es un santo. No pronuncia palabras deshonestas como los pecadores, no habla truhanerías, no consume licor; antes bien, ejecuta acciones de gratitud a Dios. En la casa de un verdadero cristiano no hay imágenes. La Palabra de Dios, que no la fabricó ninguna religión; dice que somos hijos de luz.