Rubén pedía un café con leche y Juancito una Mirinda en botella de vidrio. Lo mío era un cortado doble con mucha azúcar. Si la plata no alcanzaba compartíamos el tostado. En aquel tiempo le decíamos “Carlitos” y el mozo del Oriente nos entendía. El Ale ya era el lungo que optaba por un lomito con huevo que se esparcía entre los límites del pan casero. Cualquier estudio científico serio hubiera ratificado que no hay nada mejor que ir al bar...