Muchas veces, cuando asumimos el rol de personas cuidadoras olvidamos nuestras propias necesidades. Si esto se prolonga en el tiempo, acabará pasándonos una factura física y mental importante, y aparecerá el conocido como “Síndrome del cuidador quemado”.
Como señales de alerta, podríamos decir que el primero que da la alarma cuando somos cuidadoras y algo no va bien es nuestro cuerpo. Aparecen sobrecargas, contracturas, lumbalgias…). También tenemos más cansancio, sueño… nos volvemos más irritables, nos descuidamos en las comidas y puede aparecer la ansiedad. Perdemos la capacidad de disfrute e incluso, en el tiempo, nos puede llevar a la depresión.