último Domingo de Pascua, celebramos la Solemnidad de Pentecostés. Es el Broche de Oro a la Pascua. En el Antiguo Testamento se representaban los cincuenta días después
de la Aparición del Señor a Moisés en el Monte Sinaí. En el Nuevo
Testamento Cristo en el Cenáculo promete a los suyos el envío del
Paráclito, el Consolador que será El que les enseñe todo.
Cincuenta días después de resucitar de entre los muertos, y diez
después de ascender a los Cielos, Cristo envía desde el seno del
Padre al Espíritu Santo, a fin de santificar su obra en el mundo. Es
el Libro de los Hechos de los Apóstoles el que nos cuenta este
Pasaje. El día de Pentecostés, estaban todos los discípulos
reunidos.
De pronto sonó como un soplo de viento recio, y vieron al
Espíritu Santo posarse en forma de llamaradas de fuego, sobre sus
cabezas. Cada uno de ellos hablaba en diferentes lenguas, según les
permitía expresarse el Espíritu. Ya se lo había anunciado Cristo después
de resucitar cuando se les aparece y, exhalando el aliento sobre
ellos, les dice: Recibid el Espíritu Santo.
Así nace la Iglesia,
nuevo Pueblo de Dios, adquirida por Cristo con el derramamiento de su
Sangre. El Espíritu Santo alude a la unión frente a Babel que fue
la dispersión y división de lenguas. La Iglesia desde los
primitivos tiempos introdujo esta Solemnidad en el calendario. Hoy a los ocho días de la Ascensión del Señor, tras la reforma Litúrgica el Concilio en que La Ascensión se trasladó el domingo siguiente al jueves en que se celebraba hasta ese momento.
De esta
forma, empieza mañana la segunda parte del Tiempo Ordinario, que se
vio interrumpida con el inicio de la Cuaresma, el pasado 5 de marzo, y que
se prolongará hasta el final del Año Litúrgico, con la Solemnidad
de Cristo Rey, que este año coincide con el Domingo 30 de noviembre.