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Ante la pandemia del virus,
unamos nuestras voces al cielo.
(Papa Francisco, Ángelus 22-3-2020)
¿Cuál es el sentido de esta pandemia desde Dios? ¿Qué nos quiere decir Dios en este contexto que estamos viviendo? ¿Qué puedo hacer yo frente a lo que está pasando?
Esta pandemia es un tiempo de recogimiento de mayor reflexión para tratar de lograr una sola cosa importante: volver más la mente, el alma y el corazón a Dios.
Muchas personas, aunque quisieran, no pueden guardar la cuarentena o viven en una situación vulnerable que les impide ver alternativas. ¿Qué recomendaciones prácticas desde la espiritualidad podemos seguir en estos casos? ¿Cómo podemos salir de la dimensión del miedo? ¿Qué parte del camino hacia Dios nos muestra la pandemia del Covid-19? ...ORANDO.
"Cuando ores, entra en tu cuarto, y cuando hayas cerrado la puerta, ora a tu Padre que está en secreto" (Mt 6:6), y preguntarnos en este tiempo de pandemia: ¿cuáles han sido los momentos que me he sentido frágil?, ¿cuáles son los sentimientos que han predominado en mi interior?, ¿cómo he vivido esos sentimientos?, ¿cuándo me he sentido débil o vulnerable?, ¿ante qué presencias me he sentido así? Y hacia dónde me llevan estos sentimientos: ¿qué pensamientos y deseos me van generando? Después, reflexionar sobre cómo quiero seguir actuando. Como ordeno mis afectos desordenados provocados por esta situación que vivimos.
La imagen que surge en este momento de pandemia es la del samaritano que va por el camino y que atiende al que se encuentra lastimado por otros. No podemos enojarnos o recriminar si nos encontramos con personas afectadas por la enfermedad en nuestro camino, tenemos que hacernos responsables del afectado, de los otros y de nuestro mundo. La pandemia nos muestra la necesidad de cultivar el amor a Dios que significa partir del amor hacia uno mismo, que brota de lo más profundo hacia Él; admirar mi grandeza desde lo pequeño que soy, admirarme del otro y agradecer su presencia para poder admirarme ante la presencia de Dios, porque los atardeceres siguen siendo hermosos, aún en este tiempo de pandemia.
Este periodo nos invita a saber compartir con el otro, como lo es un familiar, y el poder entrar en su corazón y abrir mi corazón. Comunicarnos es algo tan esencial para la realización trascendente del hombre que, sin esta apertura y relación abiertas a la comunicación, nos estábamos encerrando, esclavizando en lo inmediato, en lo más ordinario y superficial, en lo no trascendente, en lo puramente material, en el solo hacer pero no en el ser y, tristemente, en muchos casos de familias hasta hedonista y viciadas.
El coronavirus nos ha hecho pensar en el cuidado de uno mismo, pero también de los demás. Si estoy sano, evito que los demás se enfermen y viceversa; por lo tanto, tengo que cuidarme y cuidar a los demás.
«Dios no nos ama porque en nosotros hay motivos para ser amados. Dios nos ama porque El mismo es amor»
Ninguno de nosotros puede vivir sin amor. Y una de las más feas esclavitudes en la que podemos caer es la de creer que el amor se merece. Seguramente gran parte de la angustia del hombre contemporáneo deriva de esto: creer que si no somos fuertes, atrayentes y bellos, nadie se ocupará de nosotros. ¿Es la vía de la “meritocracia” no? Tantas personas hoy día buscan una visibilidad sólo para colmar el vacío interior: como si fuéramos personas eternamente necesitadas de ser confirmados. Pero ¿imagináis un mundo donde todos mendigan la atención de los demás, y nadie está dispuesto a amar gratuitamente a otra persona? Imaginad un mundo así un mundo sin la gratuidad del querer bien. Parece un mundo humano, pero en realidad está enfermo. Tantos narcisismos del ser humano, nacen de un sentimiento de soledad. Y también de orfandad. Detrás de tantos comportamientos aparentemente inexplicables se esconde una pregunta: ¿puede ser que yo no merezca ser llamado por mi nombre; o lo que es lo mismo, no merezca ser amado? Porque el amor siempre te llama por tu nombre.
El primer paso que Dios realiza en nosotros, es un amor que se anticipa, incondicional. Dios siempre ama el primero. Dios no nos ama porque en nosotros hay motivos para ser amados. Dios nos ama porque El mismo es amor, y el amor por su propia naturaleza tiende a difundirse, a darse. Dios no vincula su benevolencia a nuestra conversión: aunque ésta sea una consecuencia del Amor de Dios. San Pablo lo dice de manera perfecta: “Dios demuestra su amor hacia nosotros, en el hecho de que aunque éramos todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom 5,8). Mientras aún éramos pecadores. Un amor incondicional. Estábamos lejos, como el hijo pródigo de la parábola: “cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio, tuvo compasión….” (Lc 15,20). Por amor hacia nosotros, Dios ha realizado un éxodo de Sí Mismo, para venir a nuestro encuentro, en esta tierra, dónde no era previsible encontrarle. Dios nos ha amado, aun cuando estábamos equivocados.
Para cambiar el corazón de una persona infeliz, ¿cuál es la medicina? ¿Cuál es la medicina para cambiar el corazón de una persona que no es feliz? (responden: el amor) ¡Más fuerte! (gritan: ¡el amor!) ¡Muy listos!, muy listos, ¡todos muy listos! ¿Y cómo hacemos sentir a una persona que la amamos? Hace falta sobretodo abrazarla. Hacerle sentir que es deseada, que es importante, y dejará de estar triste. El amor llama al amor, de un modo mucho más fuerte de cuanto el odio llama a la muerte. Jesús no murió y resucitó para sí mismo, sino por nosotros, para que nuestros pecados sean perdonados. Así que es tiempo de Resurrección para todos: tiempo de levantar a los pobres de la desesperanza, sobre todo a aquellos que yacen en el sepulcro muchos más días de tres. Sopla aquí, sobre nuestros rostros, un viento de liberación. Haz que germine aquí, el don de la esperanza. Y la esperanza es la de Dios padre que nos ama como somos: nos ama siempre, a todos. Buenos y malos. ¿De acuerdo? ¡Gracias!
PAPA FRANCISCO, junio 14/2017.
Pentecostés es el envío del Espíritu Santo de parte del Padre. El nombre de la fiesta recuerda el acontecimiento sucedido según el relato de los Hechos de los Apóstoles, cincuenta días después de la Pascua. Cristo, una vez cumplida su misión regresa al Padre para que el Espíritu Santo descienda en persona sobre nosotros. Dice San Simeón: «Esta era la finalidad y el destino de toda la obra de nuestra salvación realizada por Cristo: que los creyentes recibieran el Espíritu Santo». Se trata, pues, de un icono trinitario. En Pentecostés la Santísima Trinidad viene a habitar en el hombre: «Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en Mí y Yo en vosotros» (Jn 14, 20).
La comunión alcanza tal intensidad que no se trata ya de un conocimiento a través de la lengua, sino de un hablar de espíritu a espíritu.
Pentecostés no es la encarnación del Espíritu, sino la efusión de los dones, que comunican la gracia a los hombres, a cada miembro del Cuerpo de Cristo.
AMÉN.
La “Oración del Corazón”, busca que uno pueda "orar en todo momento" como indica Sn. Pablo. (1 Tesalonicenses 5,17). La oración del corazón ha sido rezada y enseñada a través de la historia del cristianismo oriental. Su práctica es sobre todo difundida entre los ortodoxos, aunque en la Iglesia Católica, el catecismo dedica cuatro numerales a su enseñanza: “La invocación del santo Nombre de Jesús es el camino mas sencillo de la oración continua. Repetida con frecuencia por un corazón humildemente atento, no se dispersa en palabrerías, sino que conserva la Palabra y fructifica con perseverancia. Es posible ‘en todo tiempo’ porque no es una ocupación al lado de otra, sino la ÚNICA OCUPACIÓN, la de amar a Dios, que anima y transfigura toda acción en Cristo Jesús.” (Catecismo de la Iglesia 2668).
Se llama “Oración de Jesús” u “Oración del Corazón” porque, bien rezada, se logra que el corazón mismo haga que el cuerpo entero la recite al tiempo que los latidos del corazón dan ritmo a nuestra respiración. Inhalando, invocamos, "Señor Jesucristo, Hijo de Dios …" Exhalando, suplicamos, "...ten piedad de mí, pecador" o simplemente "Pecador". Los principiantes suelen centrar su atención en la mecánica de la respiración y la incorporación de la plegaria. Quienes tienen más práctica, respiran sin pensarlo y centran su atención en el significado de las palabras, cada una, rica de profundidad teológica. Los más avanzados, llegan a lograr que una parte de su cerebro repita la plegaria en todo momento, independientemente de lo que estén haciendo. Es entonces que se convierte en una verdadera “oración del corazón”.
Quien quiere adoptar la oración del corazón, debe leer "Relatos de un peregrino Ruso" o "La Filocalia."
El peregrino Ruso es un hermoso libro sobre un hombre que peregrina por los monasterios de Rusia y Siberia buscando aprender cómo rezar en todo momento como indica San Pablo. Descubre así que EL REZO CONSTANTE de la oración del corazón se llega a convertir en un modo de vida: LA VIDA MISMA SE VUELVE ORACIÓN.
Esta oración puedes rezarla antes de dormir, en los momentos de tribulación y para orar por otras personas. ¡Apasiónate por Jesucristo!
Fragmento de una catequesis de Kiko en la convivencia de cantores en Roma el 16 de marzo de 1980.
Todos podemos cantar en nuestra casa. Los invito a cantar.
El canto es muy importante en la comunidad cristiana. En muchos de los Ritos cristianos antiguos -lo mismo ocurre en los hebreos- toda la liturgia es cantada. El canto expresa la verdadera naturaleza de la Iglesia: pueblo orante y exultante, reunido por la palabra de Dios en el Amor. El fruto de la Palabra, bajando como rocío y tomando posesión de la asamblea, ha producido -amor, comunión fraterna- vuelve a Dios subiendo hasta lo alto como suave perfume en forma de canto a una sola voz, "con un solo corazón y una sola alma".
Pablo VI, en una serie de catequesis tenidas los miércoles desde el 8 de julio al 15 de septiembre de 1976, dedicadas al tema de la reconstrucción de la Iglesia en la presente generación, ha afirmado: "Hay que construir la Iglesia... lo repetimos, la Iglesia debe ser construida en el siglo presente... Nuestro tiempo necesita reemprender la construcción de la Iglesia, sicológica y pastoralmente, como si comenzara de nuevo, "da capo" por decirlo así, a regenerarse...
Hay que volver a levantar el templo del Señor. ¿En dónde? ¡En nosotros. En nosotros habita el eterno! "La Palabra se ha hecho carne y ha puesto su Tienda entre nosotros". Nosotros somos la "Tienda de la Reunión", el "Santuario de su Shekináh"! (de su Presencia!). Hay que restaurar en el Templo del Señor un culto espiritual, un sacerdocio real y profético. Por eso estamos abriendo un camino de retorno para los alejados, para los ateos. Hay que reconstruir la casa para acoger a los alejados. El carisma del Salmista-Cantor es fundamental en esta obra de reconstrucción. El Señor os confía una misión en la reconstrucción de la Iglesia en la presente generación.
El canto es la expresión más alta de la experiencia del espíritu religioso. La música es a la palabra lo que el alma es al cuerpo. Toda palabra tiene una música, es decir, un alma. Se pueden decir las mismas palabras con música diversa y el significado cambia. La música lo dice todo, más que la palabra. Es precisamente su aliento, su alma. De esa música tú no eres consciente cuando pronuncias la palabra. Por eso es difícil que puedas engañar: la música que pones sin darte cuenta en la palabra expresa lo profundo de ti... si eres verdadero, auténtico o no! La música se te escapa, no puedes dominarla, te traiciona...
Antes de cantar ponte en la presencia de Dios. Piensa en Él. Piensa que no cantas para agradar a los presentes. Tú proclamas (el canto es una proclamación) ¿a quién? ¡a Dios! Vete al atril y disponte a cantarle al Señor. Al atril: un atril sólido como un trono, ¡como el Sinaí! desde el que Dios ha proclamado la Palabra de vida para nosotros. Amad a la Palabra: amor a la Palabra, y a lo que la contiene: el Libro, y lo que la sostiene: el atril (ambón!). Por el cuidado y el respeto a estos signos se ve vuestro amor a la liturgia. Y en la liturgia un momento fundamental es el canto, el "sacrificium laudis" (sacrificio de alabanza). En el atril tienes una actitud que expresa con el cuerpo lo que estás haciendo. Allí no ejecutas un canto, sino que cantas una alabanza a nuestro Dios. Por eso no puedes cantar sin convertirte.
Es importante conocer bien los cantos y cantarlos sin deformarlos, cantarlos según la 'tradición'. Hay muchos que no soportan cantar como canta otro (por conflictos, por antipatías, etc.), y retuercen, añaden una nota por aquí, un acorde por allá, etc... El canto lo ha compuesto otro. ¿Qué es lo que tienes que poner tú? La expresión, el alma, el espíritu ...¡que viene de tu conversión!
El salmo exorciza: David cantaba y Saúl se calmaba, el demonio lo dejaba. Por eso también decía San Pablo: ¡CANTAD!
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