Nadie es sacerdote para sí mismo. El ministerio ordenado tiene una forma profundamente comunitaria: se vive como servicio y misión compartida en la Iglesia (cfr. PDV 17).
En este episodio hablamos de cómo el sacerdote encuentra su verdadera identidad dentro del misterio de la Iglesia como comunión, y de la obediencia apostólica: no como servilismo, sino como una decisión libre que nace de la caridad para custodiar la unidad del Pueblo de Dios.
Amar a la comunidad es entregarse con un corazón nuevo, grande y puro, siendo “imagen viva de Jesucristo Esposo” (Ef 5, 25) para la porción de Iglesia que le ha sido confiada.