La comunicación del don del Espíritu (lo que la teología escolástica denominó la «gracia increada») eleva a la criatura humana a un estado de unión con la Trinidad. De modo que la presencia del Espíritu Santo suscita un efecto interior, santificante, en la vida humana, una verdadera transformación (la «gracia creada»). La teología occidental ha estudiado en qué consiste esta transformación interior, recogiendo la experiencia de la ascética y sirviéndose de los conceptos de la psicología filosófica.
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