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¿Cuántas fotos de tus hijos tienes publicadas en Instagram o Facebook? Seguramente bastantes. Y probablemente nunca te has preguntado quién más tiene acceso a ellas y qué puede hacer con esas imágenes. Porque la respuesta no es sencilla, y la letra pequeña de estas plataformas es mucho más larga de lo que parece.
Cuando subes una foto de tu hijo a una red social, aceptas automáticamente que la plataforma tiene una licencia para usar ese contenido. Esto incluye entrenar modelos de inteligencia artificial. Tu hijo no ha dado su consentimiento —no puede, tiene tres años— pero esa cara ya está construyendo una huella digital que durará décadas. Una huella que él no podrá borrar fácilmente cuando sea mayor.
Luego están las apps de filtros. ¿Te acuerdas de FaceApp, la que te envejecía la cara? Más de 100 millones de descargas en Google Play. Muy divertida. Pero para funcionar necesitaba acceso a tu cámara y tus fotos, y en sus términos se reservaba el derecho a usar esas imágenes como quisiera. Lo que muchos no saben es que esas apps no solo se quedan con tu foto: generan un vector facial, una especie de huella dactilar de tu rostro. Y a diferencia de una contraseña, eso no puedes cambiarlo nunca.
Las políticas de privacidad están diseñadas para que no las leas. Pero si alguna vez te animas, busca dos palabras: licencia y entrenamiento. Lo que encuentres alrededor de ellas te dirá mucho.
No hace falta desaparecer de internet. Pero sí ser conscientes del precio real que pagamos por estos servicios. Ese precio no son euros: son nuestros datos, nuestra cara y la cara de nuestros hijos.
Cuida tu huella digital. Es la única que de verdad no caduca.
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By Náufragos de YslaMac¿Cuántas fotos de tus hijos tienes publicadas en Instagram o Facebook? Seguramente bastantes. Y probablemente nunca te has preguntado quién más tiene acceso a ellas y qué puede hacer con esas imágenes. Porque la respuesta no es sencilla, y la letra pequeña de estas plataformas es mucho más larga de lo que parece.
Cuando subes una foto de tu hijo a una red social, aceptas automáticamente que la plataforma tiene una licencia para usar ese contenido. Esto incluye entrenar modelos de inteligencia artificial. Tu hijo no ha dado su consentimiento —no puede, tiene tres años— pero esa cara ya está construyendo una huella digital que durará décadas. Una huella que él no podrá borrar fácilmente cuando sea mayor.
Luego están las apps de filtros. ¿Te acuerdas de FaceApp, la que te envejecía la cara? Más de 100 millones de descargas en Google Play. Muy divertida. Pero para funcionar necesitaba acceso a tu cámara y tus fotos, y en sus términos se reservaba el derecho a usar esas imágenes como quisiera. Lo que muchos no saben es que esas apps no solo se quedan con tu foto: generan un vector facial, una especie de huella dactilar de tu rostro. Y a diferencia de una contraseña, eso no puedes cambiarlo nunca.
Las políticas de privacidad están diseñadas para que no las leas. Pero si alguna vez te animas, busca dos palabras: licencia y entrenamiento. Lo que encuentres alrededor de ellas te dirá mucho.
No hace falta desaparecer de internet. Pero sí ser conscientes del precio real que pagamos por estos servicios. Ese precio no son euros: son nuestros datos, nuestra cara y la cara de nuestros hijos.
Cuida tu huella digital. Es la única que de verdad no caduca.
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