Cada vez son más las personas que no se van del barrio porque quieran, sino porque las echan. La especulación inmobiliaria, los alquileres imposibles y el turismo convierten nuestras calles en escaparates para turistas, dejando atrás a quienes hacen vida de verdad. Aunque trabajemos 40 horas semanales y cobremos más del salario mínimo, a menudo no podemos permitirnos pagar una vivienda digna. Esa peluquería de toda la vida cierra, ese bar donde compartías historias echa el cierre. El barrio pierde su alma. La vivienda se convierte en un producto de inversión y no en un derecho. Cuando la mitad de los pisos de un barrio se dedican al turismo, la otra mitad queda desarticulada, sin gente para organizarse, defender sus derechos y pelear por un barrio vivo. Estamos creando una sociedad de rentistas, donde la plusvalía manda y el mercado lo manejan grandes empresas. La magia de la oferta y la demanda no existe: detrás están los intereses de unos pocos. Ahora más que nunca necesitamos organizarnos, defender la vivienda como derecho y pelear por barrios para la gente. Sin barrios, no hay comunidad. Sin comunidad, no hay poder.