Beethoven no era un revolucionario convencido y mantuvo una actitud ambigua respecto al absolutismo. En su vida cotidiana en Viena, Beethoven trataba con condes, príncipes, duques y archiduques, entre los que se contaban algunos de sus principales mecenas. Los aristócratas le garantizaban un sueldo, le encargaban obras o le contrataban como profesor de música para sus vástagos. Aunque es cierto que Beethoven trataba con ellos de igual a igual, a veces con excesiva temeridad, el sentido común imponía cierto respeto a las jerarquías establecidas.