Un 26 de noviembre de 1919, fusilaron a Felipe Ángeles.
Cuenta la historia que varios de los oficiales empezaron a llorar cuando firmaron la condena. Su reputación era enorme.
Ya frente al pelotón, les dijo "Cumplan con su deber. No tengan miedo". Pidió no ser vendado y mirar de frente. Se puso la mano en el corazón y les dijo: "Aquí". No murió en la primera descarga, aún respiraba cuando le dieron el tiro de gracia.