El Espíritu Santo no forma personas complacientes. Forma personas buenas… y precisamente por eso, personas libres.
Libres para amar de verdad.
Libres para defender la dignidad humana.
Libres para no dejarse arrastrar por lo superficial.
Porque hay veces en que decir “no” es la forma más profunda de cuidar a alguien.
Un padre que corrige a su hijo porque le ama.
Una persona que pone límites a una relación dañina.
Alguien que se niega a entrar en una dinámica de mentira o de injusticia.