Se pertenece a la Iglesia de Cristo cuando se experimenta el nuevo nacimiento y la transformación total: negándose a sí mismo, para que sólo Cristo viva en nuestra vida. Todo el que cree en Cristo y su Palabra, si se ha arrepentido de sus pecados, ha nacido de nuevo y siente la gloria de Dios en su vida; por fe, está sentado con Cristo en lugares celestiales: tranquilo, confiado.