Salmos 134 (La Palabra)
Bendigan al Señor los que al Señor sirven,
los que en la casa del Señor pasan las noches.
Alcen sus manos hacia el santuario y bendigan al Señor.
Desde Sión te bendiga el Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
PENSAR: El breve salmo de hoy es el último de la serie de salmos de ascenso, que acompañaban el viaje a la ciudad de Jerusalén. Contiene una idea conmovedora: ¡Qué bienaventurados son quienes viven en el templo! Son benditos aquellos que se dedican a atender el templo –que siempre esté limpio y ordenado— los que realizan los rituales de sacrificio, de quemar el incienso (que representa las oraciones), de encender los candelabros, de poner y retirar los panes de la mesa de la proposición, etcétera.
¡Qué bendición trabajar en la casa de Dios! Debe ser la alegría más grande que cualquier ser humano puede experimentar. Todos los otros fieles, que venimos subiendo a Jerusalén, realizando el viaje, no conocemos eso que es estar tan cerca de la bendición en la casa de Dios. ¿Qué será poder tener a Dios tan cerca, al alcance de la mano? No puede haber bendición mayor que esa.
Y sin embargo, estar tan cerca conlleva también un problema. Es posible estar tan cerca de la bendición que ya no se alcanza a verla. Es posible dar por sentada la gracia de Dios. Por eso es necesario un salmo como este, para decirle a quienes vivimos cerca del Señor que pongamos atención. Es como un “jalón de orejas” que nos dice: “Fíjate lo que tienes frente a ti… Mira la realidad de la gracia de Dios, que has conocido, y no la des por sentada”.
Quienes caminamos en la senda de Cristo tenemos una clase de acceso a la gracia de Dios que es realmente privilegiado. Tenemos confianza en que cuando oramos, el Señor nos escucha. Hemos entregado nuestro corazón a Cristo, y tenemos libre acceso al trono de Dios por medio del Espíritu Santo. Somos siervas y siervos del Señor, que por las noches cuando vamos a dormir, sabemos que hemos estado todo el día ante su presencia.
Por eso, este salmo es también para nosotros. Que nosotros que vivimos cerca de Dios, no nos olvidemos de bendecir su nombre. Nunca, Dios mío, cesará mi labio de bendecirte, de cantar tu gloria. Porque conservo de tu amor inmenso, grata memoria”. “Bendice, alma mía, al Señor, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios”. Tenemos que recibir humildemente este recordatorio. Que no se nos olvide bendecir al Señor con todo nuestro ser. A pesar de ser quienes estamos cerca de su casa, quienes preparamos las transmisiones de la iglesia, quienes abrimos y cerramos las puertas del templo, quienes estamos más impacientes para regresar a tener reuniones presenciales… No dejemos de asombrarnos y de bendecir al Señor por su maravillosa gracia y su fidelidad que es nueva cada mañana.
ORAR: Señor, perdona si te hemos dado por sentado, y hemos olvidado tu inmenso amor. Amén.
IR: El pueblo de Dios no debe nunca dejar de asombrarse por la maravillosa gracia de Dios.