Desde hace dos mil años, la Iglesia anuncia y celebra, en este día, la muerte del Hijo de Dios en la cruz. En cada Misa, después de la consagración, repetimos: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús".
Otra muerte de Dios, sin embargo, ha sido proclamada durante más de un siglo en nuestro mundo occidental descristianizado. Cuando, en el ámbito de la cultura, se habla de la "muerte de Dios", es esta otra muerte de Dios -ideológica y no histórica- que se entiende. Algunos teólogos, para no quedarse atrás, se apresuraron a construir sobre ella una teología: "La teología de la muerte de Dios".
No podemos desconocer la existencia de esta narrativa diferente, sin dejar presa de la sospecha a muchos creyentes. Esta muerte diferente de Dios ha encontrado su perfecta expresión en la conocida proclama que Nietzsche pone en boca del "hombre loco" que llega sin aliento a la plaza de la ciudad:
¿A dónde se ha ido Dios? -gritó- ¡Te lo diré yo! Fuimos nosotros quienes lo matamos: ¡tú y yo! Nunca hubo una acción más grande. Todos los que vengan después de nosotros, en virtud de esta acción, pertenecerán a una historia más alta que cualquier historia que haya existido hasta ahora.
En la lógica de estas palabras - y, creo, en las expectativas del autor - estaba que, después de él, la historia no se dividiera más en Antes de Cristo y Después de Cristo, más bien en Antes de Nietzsche y Después de Nietzsche.
Aparentemente, no es la Nada lo que se pone en el lugar de Dios, sino el hombre, y más precisamente el "superhombre", o "el más-allá-del-hombre". De este hombre nuevo hay que exclamar ahora – con un sentimiento de satisfacción y de orgullo, no ya de compasión: "¡Ecce homo!": ¡Aquí está el verdadero hombre! Sin embargo, no tardaremos mucho en darnos cuenta de que, dejado a sí mismo, el hombre no es nada.
¿Qué hicimos desatando esta tierra de la cadena de su sol? ¿Hacia dónde se mueve ahora? ¿Adónde caminamos? Lejos de todo sol? ¿No es la nuestra una caída eterna? ¿Y hacia atrás, hacia los lados, hacia adelante, de todos lados? ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿No estamos vagando como por una nada infinita?
La respuesta tácita y consoladora del "hombre loco" a estas preguntas suyas es: "¡No, no vagaremos en una nada infinita, porque el hombre cumplirá la tarea encomendada hasta ahora a Dios!" En cambio, nuestra respuesta como creyentes es: "¡Sí, y eso es exactamente lo que sucedió y está sucediendo! Vagamos espiritualmente como por una nada infinita". Es significativo que, precisamente en la estela del autor de esa proclama, algunos hayan llegado a definir la existencia humana como un "ser-para-la-muerte", y a considerar todas las supuestas posibilidades del hombre como "nulidades desde el principio".
"Más allá del bien y del mal" , fue otro grito de batalla del autor[3]; pero más allá del bien y del mal, solo hay "voluntad de poder", y sabemos adónde ella nos lleva…