¿Qué sigue? Vivimos en un mundo que no tolera el silencio, se tiene terror de quedarnos a solas con nuestros propios pensamientos y en medio de todo ese ruido ensordecedor, nos preguntamos: ¿Dónde está Dios? ¿Por qué no me habla? Sin embargo, Dios no es el problema, sino que nosotros tenemos el receptor sintonizado en otra frecuencia.