A menudo, cada uno de nosotros sospechamos y desconfiamos, pero cuando nos sentamos a la mesa de Dios, tenemos la tendencia a estar desconfiados sabiendo que todos comemos de la misma mesa, y alrededor de esa mesa parecemos niños que están riñendo. Solemos pensar que la uniformidad es la que hará que cambiemos el mundo y jamás será así. Y el Padre suspira.