Todos tenemos una sed espiritual, porque no debemos consentir la idea de que si aceptamos a Jesús en nuestro corazón como Señor y Salvador, todo va a terminar, pero en realidad es ahí donde comienzan las cosas. Cuando aceptamos a Jesucristo en nuestro corazón aumentará nuestra sed. El mismo Jesús estaba sediento de Dios.