Tenemos que aprender a aceptar e incluso aprender a humillarnos delante de Dios, aunque no necesita que lo hagamos porque no es soberbio, somos nosotros que necesitamos humillarnos delante suyo para tener un corazón moldeado, enseñable y aprender que Él nos discipline.
Dios nos ha advertido de muchas maneras y nos trata de frenar en nuestros deseos y pecados, pero cuando hay obstinación en el corazón, tiene que “jalarnos las orejas”.