La cada vez mayor reducción de espacios culturales con el choque perfecto de géneros fuera de la norma como el shoegaze, el hardcore y el dreampop dieron como resultado una de las escenas más fascinantes de los últimos 30 años. Un género marcado por la catarsis de voces no entrenadas, la sobrecarga melódica y las claves temporales irregulares que sirvió como forma de escape para adolescentes que no tenían más que hacer música.