Así como el metal es introducido al horno para después ser moldeado por el orfebre, golpeando el material hasta que crea conveniente detenerse, hasta que adquiere la forma de una herramienta que pueda utilizar, eso es lo que en ocasiones Dios tiene que hacer para protegernos: golpear, calentar, golpear, calentar, eso sucede en nuestro interior.