Buenas tardes.
Buenas tardes,
señoras y señores pasajeros.
Sé que esto es molesto y aburrido,
e incluso sabemos
que en el Metro
estas cosas no se permiten.
Pero son escasas
mis alternativas.
No soy un delincuente
aunque mis harapos confiesen
lo contrario.
He venido desde mi pago
hasta esta ciudad de hachas
y cuchillos en el aire,
a entregarles lo único
que ya puedo ofrecer.
Soy sobreviviente
de la última guerra
y aún conservo en mi cuerpo
los fragmentos de misiles
que me abatieron desde el cielo.
Por respeto a sus incendios cotidianos
no les haré mirar mi tierna herida
en el costado.
Quiero ofrecerles
un mendrugo
de lo que aún poseo.
Soy su guardián
mientras pasa esta tormenta.
En cada uno de estos legajos
encontrarán unas palabras.
Son unos breves poemas
que ustedes leerán
sin costo alguno.
Los he escrito con la emoción
de que ya nada podrá protegernos.
Sólo espero
una limosna
desde su corazón.
Desde su corazón, repito.
No aspiro a ninguna
recompensa material.
Si no los leen, en verdad
no importa.
Este es mi trabajo,
mi blanca cosecha de maíz,
mi hambre y mi alimento.
Me ha sido dado
recoger estas botellas en el mar
y lanzarlas de nuevo
para que encuentren otra playa.
Llevo la cruz de mis heridas
hasta donde me alcance una dignidad
que no aspira a recompensas.
En la próxima estación
me bajaré
y terminará esta molestia.
Cambiaré de vagón
y así el resto del día.
Gracias a todos por sus atenciones,
y hasta luego.