Eclesiastés 1:8 nos enseña que el ojo humano nunca se llena, siempre queremos ver más, y resulta muy difícil disfrutar “lo de siempre”. Necesitamos aprender a tener los ojos de Dios, porque cuando vemos las cosas únicamente con nuestros ojos, nos llegamos a cansar y dejar todo. Si nos enfocamos en lo que Dios ve, tendremos cuidado de ello.