Cuando se comienza en los caminos de Dios realmente, con un corazón real, sincero y genuino, cuando aceptas a Jesucristo, a partir de ese momento te conviertes en la sal del mundo, le das sabor, es inevitable vivirlo, lo peligroso es perder la sal. Si la sal pierde su sabor, ¿con qué vamos a sazonar?.