La verdadera fortaleza no está en la armadura, sino en la capacidad de quitárnosla y mirar a esa niña con ternura. Escucharla, darle voz, permitirnos llorar, pedir ayuda, mostrarnos vulnerables. Porque solo desde esa conexión con nuestra parte emocional podemos vincularnos de manera auténtica y sana con los demás.