La comprensión de los abusos sexuales en la infancia o juventud exige mirar más allá del hecho en sí y reconocer cómo la memoria, las emociones y la confianza quedan alteradas con el paso del tiempo. A diferencia de una herida física, cuyo dolor se percibe y se cura en poco tiempo, las heridas provocadas por la violencia en la infancia o juventud suelen aparecer años después, cuando el abusador ya no representa una amenaza directa. La dificultad para poner nombre a lo vivido, el silencio impuesto y la distorsión de la confianza marcan la experiencia de quienes pasaron por ello. Estas dinámicas, especialmente cuando se mezclan con lo religioso y lo sagrado, amplifican los mecanismos de poder y control, haciendo aún más compleja la detección y la respuesta comunitaria. Los entornos con estructuras rígidas, autoridades incuestionables y silenciamiento sistemático favorecen que los abusos se perpetúen. La reparación, por tanto, no es un momento puntual, sino un camino que requiere acompañamiento, claridad y constancia. A nivel social y eclesial, la clave está en formar comunidades capaces de identificar, acoger y sostener, para que el dolor pueda transformarse en un proceso de sanación y dignidad recuperada.