El término genocidio, acuñado por Rafael Lemkin a mediados del siglo XX, nació de la convicción de que era necesario proteger no solo a las personas, sino también a su herencia cultural frente a intentos de destrucción sistemática. Aquel concepto, más tarde recogido por Naciones Unidas como crimen, se convirtió en un marco legal y ético que ha marcado la memoria internacional desde entonces. Sin embargo, cada vez que tratamos de aplicarlo a conflictos contemporáneos, como el que enfrenta al Estado de Israel y al pueblo palestino, surge una tensión que va más allá de lo jurídico. ¿Qué ocurre cuando los mecanismos diseñados para nombrar y frenar la barbarie se encuentran con límites políticos, definiciones controvertidas y acusaciones de antisemitismo? Incluso a día de hoy se sigue debatiendo si los hechos en Gaza pueden o no analizarse desde la lente del genocidio y hasta qué punto la historia de Israel está marcada por planes y discursos que recuerdan a otras prácticas de exclusión. Entre la necesidad de mantener viva la memoria del Holocausto y el deber de reconocer nuevos escenarios de violencia se abre un debate incómodo y lleno de matices. ¿Es posible hablar de genocidio en el presente sin distorsionar el pasado? ¿Y cómo entender el precio que se paga cuando una identidad nacional se construye sobre la memoria de una tragedia mientras otra población experimenta el desarraigo, el sufrimiento y la muerte?