Cuando san Juan nos cuenta la institución de la Eucaristía, en varias ocasiones, emplea la palabra puro, limpio.
De esta forma el Apóstol, entonces adolescente, insiste en una idea fundamental del Antiguo Testamento, que además, se repite en casi todas las religiones: para presentarse ante Dios, el hombre debe de ser “puro”.
Es una constante en el ser humano, que cuánto más se conoce a sí mismo, más sucio y necesitado de limpieza se ve.