Es un refrán que aconseja no llegar con hambre a casa ajena, como muestra de cortesía y para no incomodar al anfitrión, salvo que la visita sea con invitación expresa a comer.
Es un refrán que aconseja no llegar con hambre a casa ajena, como muestra de cortesía y para no incomodar al anfitrión, salvo que la visita sea con invitación expresa a comer.