Frente a una sociedad que a menudo descarta a sus mayores, miles de personas jubiladas en España transforman su retiro en un valioso tiempo de servicio activo. La Iglesia católica reconoce en estos ciudadanos de avanzada edad un pilar imprescindible que aporta experiencia profesional y sabiduría vital para sostener sus comunidades. Exaltos mandos militares asumen la presidencia de grandes instituciones humanitarias para visibilizar la pobreza ante las autoridades. Voluntarios octogenarios mantienen operativos los comedores sociales, ofreciendo alimento diario a personas en situación de vulnerabilidad. Expertos en gestión hospitalaria aplican toda su experiencia corporativa previa para rescatar y sanear las maltrechas economías diocesanas. Religiosas que finalizan su trayectoria docente se trasladan a asentamientos agrícolas para alfabetizar a los temporeros más desfavorecidos. Obispos eméritos posponen su descanso para cubrir las ausencias de párrocos rurales y cuidar a otros compañeros sacerdotes dependientes. Políticos exiliados por regímenes totalitarios hallan en la actividad parroquial el soporte vital para resistir el ostracismo internacional.