Nunca supe muy bien si la boca, si los ojos
si las manos, si los pocos pensamientos
traían hacia mí esos deseos de conocer
si el amor era o no aquella puerta
hacia mi desolación.
Nunca supe si en mí mismo
se fraguaban las nostalgias,
la soledad a falta de luz del sol
o ese viejo tornasol con que miraba sus ojos
o eran tan sólo despojos de mi vieja necedad,
no era sólo soledad sino deseos de amarla
no sé si estabas o no en esta tierra o al alba
o existías o vivías en la piel de la palabra
solo sé que esa quimera me persiguió
por soñarte, por quererte desear
o por sólo desearte.
El deseo del amor
se destruye cuando él se confunde,
te atropella, se dibuja en la línea
de tus labios,
la ruptura te renueva
devolviéndote a la cueva
de donde naciste un día
y vuelves a ser entonces esa nueva apología
de lo que la soledad regala,
cuando golpeas la aldaba
del corazón moribundo
y vuelves a ser rotundo de nuevo en tu corazón,
y se pierde la razón por conocer esa puerta
que te encamina al camino
donde escuchar esos trinos
que sólo tú reconoces
y se te mueren de bruces los besos,
las madreselvas, la saliva,
esas perlas que te bebes en su boca
las mismas que saboreas
en la puerta de su amor.
Nunca supe si la boca es la puerta verdadera
donde beber cataratas que me regala ese cuerpo,
cuerpo que siento en mi boca abriéndome
a sus entrañas, cuerpo que muere y me muero
cuando la tengo en mis centros,
cuerpo que me ama cuando amo,
cuerpo que amo y que engaño,
que por amor ama, engaña,
prometiéndome universos
regalándome los versos
que con su piel me regala.
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