Cuando cometemos errores, si una persona ha aceptado a Cristo en su corazón, se sentirá incómoda, y la confesión, que es hablar de nuestros errores, no solamente restaura nuestra comunión con Dios, sino que nos da salud mental. Como creyentes en Jesucristo, si pecamos y no confesamos, somos doblemente miserables porque nos hace conscientes de la necesidad de hablar de nuestros errores.