En 1936, Alan Turing imaginó una máquina increíblemente simple: una cinta infinita y un sistema capaz de leer, escribir y seguir reglas.
Con esa idea, sentó las bases de todos los ordenadores modernos.
Años después, durante la Segunda Guerra Mundial, su trabajo ayudó a descifrar los códigos nazis, acortando el conflicto y salvando millones de vidas.
Pero su historia también nos recuerda algo más: que el progreso no solo depende del talento… sino de la libertad para ser uno mismo.
Hoy, cada vez que usas un ordenador, estás conectando con una idea que cambió el mundo para siempre.