Jesús nos pide que queramos a nuestros enemigos, no que los matemos.
Está claro que no vamos a matar físicamente a nuestros enemigos, pero tampoco podemos eliminarlos de nuestro corazón.
Quizá nos preguntemos porque nos cuesta tanto amar a nuestros enemigos. La respuesta es porque nosotros no somos su madre, ni su novia de toda la vida.