Todos los santos han tenido en común su amistad con el Señor. Eran verdaderos amigos suyos.
El Reino de los cielos se parece a un «tesoro escondido» (Mt 13, 44). Encontrarlo tiene su punto de dificultad. Pero el que lo encuentra vende todo lo que tiene para conseguirlo. Nuestro tesoro es la amistad con Dios. Por eso es bueno que consideremos en el poder de la oración, porque tiene la fuerza de hacernos amigos de Dios.