EL ORBE INDÓMITO
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Se vomitaron los siglos en la creación de un coloso,
se apuñalaron las lomas de montañas y de valles,
empapados en dolor, con la llama por delante
de la capa de su piel, y tragándose el humor,
asesinando mil tardes.
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La mar se vino al momento acentuando los tiempos
entre flujos de miserias, entre el vaivén de las olas,
desnudándose en las órbitas y el devenir de los astros.
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Su vientre entre mil veleros navegando en transparencias,
sus velas, la inmensidad, sus remos esas rodillas
con las que naufraga el viento entre el final del comienzo
y del principio hasta el fin.
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El silbido que ameniza su trayectoria al andar
es la lucha que mantienen lo del bien con los del mal,
el blanco y el denso negro, la oscuridad con la luz
el nacimiento del todo, de la lava, de los ríos,
de volcanes y del mar.
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¡Cómo me gusta tenerte rebozadita de sal!,
que naufragues por los tiempos,
que me traigas a la noche de la estrella hacia la nada,
del agua a la libertad, que la muerte se enmudezca,
que subas de lo insondable de las piedras de tu mundo
para ver amanecer, y retomes de las lomas
con escamas en las cumbres, la espuma brisa celeste
que me da tu paladar, ,empujadas por la brisa,
y por la cabellera azul que se oscurece a la noche,
a la que envidian los Dioses por su excelsa magnitud.
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¿Quién sabe si de un suspiro viniste a nuestras manos?
¿Quién sabe si en un estanque sobrevives de soslayo?
¡Cómo te miran los rayos que nacen de tus tormentas!
Pues pérfidos tus escarnios se pliegan entre tus dedos
y mueres en un instante.
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Los caminos de la muerte son también para planetas,
ya se te pierde el color, ya tus pupilas se cierran.
¡Que cuando abras los ojos vuelvas a ver que la vida
desencadena en mil noches de luz y verde nostalgia,
de paz y verde añoranza!
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Chema Muñoz