Latigazos se me acechan
a través de las entrañas,
te me absorbes, te me eternas
hacia el centro de mi ser.
El vaivén de tus caderas
vuelven a mí como enjambres
que transportan toda el hambre
que te quisiera tener.
Me es tu cuerpo como nube
la alfombra donde abandono
cada gemido de amor
transportándome en tus cielos,
y creando boca a boca
yo te beso, tú me tocas,
un nuevo nacer del mundo.
Es el amor que te tengo
una explosión de oquedades,
cada gruta de tu cuerpo
me reclama que la ame.
Ese cuello curvilíneo
como el cuello de las aves
más hermosas del edén,
como cisne de diamantes
besando olas de plata.
la bajada por tu espalda
es la ladera a los dioses,
sus diminutas montañas
extraen en cada caricia,
mil gemidos de placer
que se crecen en mi centro
torciéndome como un arco
presto a lanzar esa flecha
que te atraviese de vida.
Al acabarse tu espalda
encuentro de terciopelo
la medida de mis manos,
las beso, las reconozco,
saboreo de las dos
extrayendo hacia mis venas
un aroma tan profundo
que me transporta a otro mundo.
El olor de mil orquídeas no darían
tanto jugo como el deseo que provoca
lo guardado entre tus muslos.
Quiero llegar a tu boca y remonto
cataratas de deseo
salvándome de tu vientre
que guarda de mi, mil historias
venidas desde otros mundos,
pero al besarte las puertas
y alzar la mirada al cielo,
encuentro bajo su sombra
las más bellas redondeces
que diera naturaleza
para alimentar al hombre.
Llego al cuello curvilíneo
esta vez hacia tu frente
y descanso entre tus labios
besando la boca a un dios
escondido desde siglos,
guardándose ese secreto
que busca el hombre por siempre,
que hará que se nos doblegue.
Los instintos se hagan plebe,
se esclavice eternamente,
que se duerman en lo eterno
habiendo encontrado ya
el vellocino de oro,
el arca de la alianza.
la mirada de ese dios
en la saliva de un beso,
todo el deseo de tenerte
en el sabor de tu amor.
CHEMA MUÑOZ ©