“Elegía para un Niño en la Frontera”
Cruzó la noche descalzo,
con el miedo entre los dientes;
su patria y su bandera en la muñeca,
una foto doblada dentro de su pecho.
La madre lo vio partir no miro atrás por vergüenza
un adiós contenido se alargó en su garganta,
la luna fue la única lámpara
del primer camino en soledad sin un destino.
Su nombre era apenas un susurro
entre idiomas que no entendía,
sus huellas fueron borradas por el viento
antes de que alguien las viera.
El viento habló de promesas
que el mapa nunca cumplía,
un entorno pedregoso, polvoriento,
y el horizonte era un puente
que siempre estaba más lejos.
La arena no tiene culpa,
ni el mar de su sal amarga;
la culpa es de quien dibuja fronteras sobre la sangre.
Lagrimas entre las algas, la culpa es del trazo frío,
del beso que no nació, del que divide un latido
que se aleja hacia el hastío,
del que desde lejos firma sin sentir ningún complejo,
del que hace que una lágrima se vuelva saliva amarga
y la vida lo haga viejo.
Ningún dios exige el llanto de ningún niño,
ninguna ley merece tanto la muerte por un sillón,
si el mundo necesita sacrificios no quieras ser salomón,
por ofrecer privilegios no cometas, no dividas el amor,
no hay argumento que calme una madre enfurecida
ni que le dé la alegría a una madre con temor.
El mar expulsa lo que sobra, el odio recibe odio sin compasión
no hay discurso que pueda explicar una ausencia,
ni puede evitarse el dolor regalando una canción.
No hay tierra prometida sin justicia, ni bandera que valga una infancia,
quien cierra el puerto a la esperanza termina naufragando en su conciencia,
y si un día el niño cruza y sobrevive, el mundo no olvidará su travesía
porque cada frontera que se humilla, es una herida en la humanidad entera.
Chema Muñoz©