Cuando Béla Tarr anunció en 2011 que El caballo de Turín sería su última película, poca gente del medio lo tomó en serio: el ambiente está repleto de gente que se "retira" públicamente sólo para regresar poco tiempo después. Pero Tarr nunca lo hizo. Fue fiel a su promesa, no porque esta fuese radical, sino porque a la luz de su obra completa, esta "película testamento" no podría ser sucedida por ninguna.
Narrada por jornadas o capítulos, su argumento es apenas un esquema. Un padre y su hija se aferran como pueden a una granja donde el caballo de tiro se resiste a salir, el pozo de agua se seca y la tormenta que azota el sector nunca abate; incluso la posibilidad de abandonar la propiedad se ha vuelto imposible. ¿Qué resta por hacer salvo abandonar?
Tarr nunca se animó a dar explicaciones acerca de la trama y del sentido último de El caballo de Turín, pero para alguien criado dentro de el régimen socialista húngaro, alguien que lo vio desmoronarse sólo para ser reemplazado por una versión local del fascismo (algo que el realizador ya había anticipado en Satántángo, allá por 1994) esa evolución —o involución— debe haber sido más que suficiente. Punto, aparte, final. De eso y más se habla en este podcast.