A las cinco de la tarde
tú detrás de los barrotes
que sujetan celosías
recubiertas de naranjos
con olor a azahar
y sabor a malvasía.
A las cinco de la tarde
nuestros cuerpos al calor,
ese que sabe a la siesta
a botijos a la fresca,
a tu mirada en mis ojos
y al secreto de unos besos
que le robo a enredaderas
que acarician sin querer
nuestros cuerpos en la acera.
A las cinco de la tarde
se nos mueren las pupilas,
mi mano busca la tuya en secreto
tras la puerta.
A las cinco de la tarde
tus rodillas son motivo
del pecado que nos roza,
de la intención, del ensueño
de sabernos en el sueño
de una tarde de verano.
Son esas benditas horas
las que duermen los caminos,
las que nos marcan el sino
para partos venideros.
Los 14 de febrero son
culpables por alcance,
las vainas y los pistilos,
tus labios y los alfanjes.
A las cinco de la tarde
yo detrás de los barrotes
esperando el paseíllo,
tú detrás de los visillos,
un rosario entre las manos,
un recuerdo, un relicario,
el pétalo de una rosa,
una última sonrisa
adornando nuestro aliento
a las cinco de la tarde.
Tu boca siento a jazmín
entre nubes de deseo.
A las cinco de la tarde
tú en tu sombra, en tu acera,
yo en mi sombra entre la espera
de renacerme de nuevo
a las cinco de la tarde.
Yo oculto tras los barrotes
a las cinco de la tarde,
tú el futuro,
yo en el polvo,
tú en tu sombra de jazmines.
Tú el mañana,
yo en el hoyo, yo en la tierra,
tú en la risa,
y yo en la grama.
Chema Muñoz.©