¡Imagínense por un instante la escena más inesperada del siglo I! Un judío agotado por el camino, sentado solo junto a un pozo en pleno mediodía, en territorio que cualquier judío devoto preferiría evitar a toda costa. No es un judío cualquiera: es Jesús, el Maestro que todos reconocen como rabino y profeta. Y entonces aparece ella: una mujer samaritana, sola, en la hora en que nadie saca agua, con un pasado que la ha convertido en marginada incluso entre los suyos.
Lo que nadie esperaba ocurre en ese preciso momento: Jesús rompe el silencio con una simple petición: “Dame de beber”. Cuatro palabras que cruzan siglos de odio, prejuicios raciales, barreras de género y exclusión moral. En minutos, una conversación que empezó con sed física se transforma en un encuentro que revela sed espiritual, identidad divina y un ofrecimiento que nadie en esa aldea —ni en el mundo— había imaginado posible.
Hoy, en este mismo lugar donde Jesús se sentó cansado, sigue ocurriendo algo extraordinario: Él se acerca a nuestros pozos modernos —nuestras rutinas agotadoras, nuestras soledades ocultas, nuestras vergüenzas calladas— y nos hace la misma pregunta que cambió todo para aquella mujer: ¿Quieres agua que sacie para siempre?
Prepárense, porque vamos a descubrir cómo un encuentro al mediodía en Samaria sigue rompiendo barreras que todavía nos dividen… y cómo Jesús nos invita a todos a dejar nuestro cántaro y correr a contarlo.