A CABALLO EN LA ESPUMA III
Una silla en el porche perdida entre geranios,
ganándole a la tarde el futuro que viene.
Las cejas se entrelazan mirando a todas partes,
el gesto desenfado hace temer la lluvia,
se avecina entretanto el grito de los vientos.
Se van a hacer la ronda por el barrio los gatos,
se apagan las farolas, se encienden chimeneas,
de azul-añil los rayos alrededor del sol,
viendo pasar la vida, sentado a media tarde,
se ven pasar los años que pronto se agigantan.
Grises son ya las piedras que fueran verde antaño,
de vino y amapolas el rostro de los campos,
caliente como lava tiene el día las manos,
vestido de hojarascas lleva el color ungido,
desnudas las entrañas de la huella del agua.
La piel se le confunde con alfombras de piedras,
el bello son esquirlas muy secas de retama,
son sauces los cabellos que le sirven de sombra a los cañaverales.
Y se va, se marcha poco a poco,
dejando ese requiebro que le cantan las aves
al volver a su nido desde los manantiales,
se cubre todo el cielo con una boina roja,
roja y oro como el traje de luces que lucen matadores,
uno la sangre entera, con la túnica de dioses
que arruga el horizonte con la línea del mar,
para morir muy lejos allende de los mares.
Chema Muñoz©