Los cristianos no sólo profesamos la fe los domingos, sino también vivimos la vida de acuerdo con la voluntad de Dios. La integridad, honestidad y honradez son virtudes que aprendemos del hijo de Dios. Él siempre nos ilumina con el faro resplandeciente de su amor, y nos ayuda a comportarnos como hijos suyos. Así le sucedió a Pedro, quien pasaba por momentos muy difíciles y tuvo que decidir entre dar a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César.