A la sombra de aquel árbol donde
sus ramas me hicieron sentirme como Tarzán,
cuando nacieron los hados así como de repente,
de estar sumido en mi mente en un halo entre dos limbos.
La tarde que era aquel amanecer a sonidos y sabores,
el crujir de su madera abrazando horas de espera
desconociéndose el tiempo,
a lo lejos los tambores de armonías de ese entonces que se alejó sin permiso.
La farola fue testigo de primeras intenciones,
de miradas de soslayo, de sentir como un pecado
esa sensación interna que te roza las entrañas,
odiando los pantalones que te muestran las rodillas,
cuando la luz te alegraba o cuando sonaba el timbre,
cuando amabas tontamente subirte a la bicicleta
por debajo de su cuadro.
Pude vivir sin peligro, el horizonte en los cielos,
el temor se había borrado por la mirada de un padre,
seguro que él era un Dios, pues hasta la muerte huía
cuando entraba por la puerta como un tropel de alegría
susurrando esa canción que solo él conocía.
La paz se podía comer, se olía por la era,
se sentía hasta la noche y la paz dormía contigo
y te arropaba la paz.
Recordar aquellos tiempos, los sonidos de ese viento
que despeinaba el flequillo cuando ibas al colegio.
Hiere con sabor a sangre la brisa , la pólvora da olor a ese aire
que te quema los pulmones.
Las trompetas de los ángeles y arcángeles
nunca suenan, nunca llegan a barrer de este mundo
tanto mal tanto canalla al que apadrinan los infiernos
como si hubieran comprado la muerte para sembrarla
en todo nuestro terreno.
Chema Muñoz©